martes, 15 de mayo de 2012

Storm

El chaval salió del portal, vestía unos vaqueros un poco caídos, una camiseta de una de las marcas de moda y unas zapatillas blancas. Miró a su alrededor y se puso los auriculares, pulsó el botón del centro de su Ipod, y comenzó a andar. Medía aproximadamente un metro setenta, pesaba lo justo, pero se notaba que estaba en buena forma. No sabía adonde iba, pero tenía muy claro que quería olvidar. La música ayudaba, sí, pero no lo suficiente como para calmar el ahogo que sentía por dentro. Eran aproximadamente las once de la noche y la calle ya estaba vacía, probablemente debido a que había anochecido hacía unas cuantas horas y que la temperatura en la calle no superaba los diez grados. El chico pensó que el frío le ayudaría a relajarse, por eso dejó su sudadera tirada en el sofá justo antes de salir. Sabía que tarde o temprano se arrepentiría de esa decisión tomada sin apenas pensar en lo que hacía. Mientras caminaba, vió pasar a una pareja de adolescentes, debían de tener unos diecinueve años y tenían toda la pinta de haber bebido una copa de más. En realidad ni siquiera si fijó en ellos, tenía la cabeza demasiado llena de pensamientos como para meter chorradas. 
Caminaba, su problema más grande era el no saber qué quería hacer con su vida al día siguiente, al otro y al otro, no le preocupaba el futuro. Lo que en ese momento pasaba por su cabeza no estaba exactamente relacionado con algo relativo a los estudios o a los amigos, sino mas bien un nombre. Se sentó en un pequeño banco de un parque, estaba bajo un árbol, con lo que la lluvia que empezó a caer no le preocupaba en absoluto, es más, le agradaba. Se pasó más de una hora en la misma postura, con la misma palabra en la cabeza, alternándola de cuando en cuando con las letras de sus canciones favoritas. De pronto comenzó a llover más fuerte, se levantó, guardó los cascos y avanzó hacia donde llovía. Allí estaba él, de pie, bajo la lluvia y sintiendo cada minúscula gota de agua que caía con velocidad hacia su cuerpo, chocando de golpe contra su ropa y haciendo que cada palabra que pasaba por su cabeza, por pequeña que fuera, se desvaneciera. Durante los siguientes cinco minutos se sintió libre, le gustaría haber llorado, pero habría sido inútil. Volvió a resguardarse del agua y, por primera vez en mucho tiempo pensó en actuar sin siquiera plantearse consecuencias. Cayó un rayo, sonó un trueno y la adrenalina comenzó a apoderarse del chico. Había llegado el momento de actuar. 

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