Corres, corres para olvidar, corres porque te sientes más libre o simplemente para alejarte de la rutina.
Corres, corres para aclararte a ti mismo, para escaparte de problemas o por lo menos para intentarlo.
Corres para alcanza una meta, para cumplir unos objetivos.
Corres, corres, corres y sigues corriendo, necesitas que cada pequeño músculo de tu cuerpo se ponga en funcionamiento, que toda la atención de tu cerebro se centre en hacerte avanzar. Tus fuerzas flaquean, sí, pero tú sigues corriendo, te torturas a ti mismo, tienes un destino y crees que puedes llegar.
Corres sin conocer las consecuencias, corres porque sabes que pase lo que pase por lo menos lo habrás intentado.
Necesitas descansar, pero piensas que ya habrá tiempo, ahora lo único que importa es alcanzar tu meta, esquivar los obstáculos que te lo intentan impedir.
Corres para escaparte de tus miedos, para ahogar tus sentimientos.
Cada vez estás más cerca, cada paso que des, por minúsculo que sea, estará un poco más cerca.
Corres, y cuando prácticamente lo has conseguido, te das cuenta de que tu esfuerzo no ha sido en vano, que merece la pena no rendirse, por eso corres.